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martes, 2 de septiembre de 2008

Estilos de aprendizaje y e-learning

Son varias las webs que estos días hablan de estilos de aprendizaje desde distintos puntos de vista que van desde reconocerlos como fundamentales a decir que no son relevantes en el proceso. La verdad es que es un tema controvertido.

Entiendo que los conocimientos se adquieren en un proceso educativo que está permanentemente abierto o bien en un proceso formativo cerrado -un curso se inicia y finaliza- que sectoriza esta adquisición –formación profesional, continua, de adultos…-, permite establecer metas y obtener resultados concretos.

En este contexto, aprender implica haber actuado frente a los problemas que presenta la vida diaria, produciendo un cambio -con vocación de permanencia- en la capacidad humana, en el que la memoria -persistencia de los conocimientos a lo largo del tiempo- es un recurso esencial en la codificación de la información, que en algunos casos se produce automáticamente, y en otros, en cambio, requiere de la intención del sujeto para organizar el significado en fragmentos o jerarquías.

La importancia de considerar los diferentes estilos de aprendizaje de los alumnos ha sido ampliamente analizada y son varios los estudios que confirman su relación con el éxito académico, ya que parece suficientemente probado que los estudiantes aprenden con mayor efectividad si se les enseña con sus estilos de aprendizaje predominantes (Alonso, Gallego y Money, 1999). Sin embargo, en los resultados no sólo influye el estilo de aprendizaje del alumno sino también el estilo de enseñar que tiene el profesor/tutor/instructor y la compatibilidad entre ambos y, por supusto, de la motivación y del entorno en el que se produce.

Los profesores, explícita o implícitamente, mediante técnicas de observación, tratan de conocer las formas de aprender que tienen sus alumnos, para adaptar su manera de enseñar en las áreas y ocasiones que sea necesario para poder alcanzar los objetivos previstos (Alonso, Gallego y Money, 1999).

Aplicado al campo educativo, se puede comprobar que un alumno/tipo –de educación presencial o a distancia-, con el tiempo, ha desarrollado una capacidad de aprendizaje. Sabe cómo ha de interactuar con el profesor y los otros alumnos y cómo ha de superar las distintas pruebas. Esto le da seguridad en sí mismo.

En cambio, en un curso a través de e-learning, los alumnos necesitan otras habilidades para poder aprobar. El éxito depende de la motivación personal y, sobre todo, de la tenacidad. Cuando un profesor/tutor/instructor tiene un bajo concepto del alumno, éste lo suele percibir, acaba creyendo que es realmente así y puede comportarse como un mal alumno, creándose un conflicto evidente ya que el docente no cambiará de opinión si no ve resultados positivos, mientras que el alumno no mejorará si no le indica sus limitaciones y no le ofrece ayuda -algo que no siempre se percibe claramente en un proceso de aprendizaje contructivista-.

Bandura (1977) considera que el alumno anticipa el resultado de su conducta partiendo de las creencias que tiene y de las valoraciones que hace sobre sus propias capacidades, es decir, genera expectativas de éxito o de fracaso –no siempre ajustadas a la realidad- que inciden directamente sobre su motivación y rendimiento –automotivación, abandono, …-.

La motivación es la suma de importancia de la tarea y posibilidades de éxito a criterio del alumno. Es él quien valora en función de diversos factores como son las metas de aprendizaje, los patrones de atribución causal, las expectativas de logro, la percepción de competencia -autoeficacia y control- y la reacción hacia la tarea -ansiedad, orgullo, vergüenza, culpa, ira-, los ambientes de aprendizaje y el sentido de pertenencia grupal.

Determinar cuáles son las variables más determinantes para el logro de aprendizajes en e-learning es muy difícil, sobre todo, porque se está pretendiendo valorar aspectos eminentemente humanos y consubstancialmente indeterminables en función del libre albedrío y de la propia condición humana. Aún así, los resultados de distintos estudios (Millward Brown, 2005; Estudio General de Internet (EGI), 2005) permiten afirmar que los contenidos didácticos -más que la forma cómo se imparten- resultan decisivos para la motivación del alumno.

Pero además de motivación, es necesaria una capacidad para poner y mantener la atención en el objeto de estudio, un proceso cognitivo, inicialmente reflejo e interactivo con el ambiente, que está condicionado por factores como la selección del emisor de la información que, acorde con el contexto y la sintonía, facilita y optimiza la percepción, el número de procesos de atención que se pueden mantener con buena calidad, los ciclos de actividad y descanso requeridos por nuestro organismo, el grado de interés, significado y valor de la actividad -tomando como referencia su experiencia previa- y el tiempo promedio de atención en la ejecución de una actividad, sin supervisión ni otros estímulos cambiantes o distractores en el ambiente.

El sistema cognitivo del sujeto recibe, percibe y recupera una información que permite pensar -formar conceptos, resolver problemas, tomar decisiones y emitir juicios con eficacia- y comunicar –compartir significados- con los demás. Las personas adquieren conocimientos de formas distintas y buscan las estrategias cognitivas que les ayudan a dar significado a la nueva información. Estas formas de recopilar, interpretar, organizar y pensar sobre la nueva información son los llamados estilos de aprendizaje (Gentry, 1999), unos rasgos cognitivos, efectivos y fisiológicos, que actúan como indicadores relativamente estables, de cómo los alumnos perciben, interaccionan y responden a sus ambientes de aprendizaje (Keefe, 1988), constituyendo una descripción de las actitudes y comportamientos que determinan la forma preferida de aprendizaje del individuo (Honey y Mumford, 1992).

Ante una determinada información, se puede conceder importancia y centrarse en los aspectos detallados, en los lógicos, en los teóricos o en los prácticos. Hay quien prefiere aprender solo y quien necesita estar próximo a sus referentes: compañeros o profesor (Davis, 1993). En este sentido, Dewey (1938) considera que se aprende mejor cuando se incluye un componente de experiencia en el proceso de aprendizaje, mientras que Lewin (1951) prioriza un entorno de aprendizaje activo, y Piaget (1971) concluye que la inteligencia es un aspecto del dinamismo entre persona y el contexto.

Honey y Mumford (1992), analizando el comportamiento de los alumnos, determinan que éstos pueden tener, básicamente, cuatro estilos de aprendizaje: activista, reflexivo, teórico y pragmático, pero sea cuál sea el estilo que tenga el alumno, en el aprendizaje existen unos elementos comunes a todos ellos que se han de mantener: integración personal de los conocimientos, interrelaciones y significatividad (Selmes, 1986 cit. García-Pineda 1999).